Boletín Nº 8 - Año 2007

Nuevos Paradigmas en la Crianza de Reinas - Parte I

El que sigue es un artículo escrito por Martín Braunstein, para la revista española
VIDA APICOLA Nº 143 (Mayo-Junio 2007), con motivo de su 25º aniversario.


Primera Parte

Los últimos 25 años (1982-2007) han significado muchísimos cambios para la apicultura en general y para la crianza de abejas reinas en particular. Consideremos en principio como la globalización (que para algunos debería denominarse «mundialización») de la economía ha acercado a los apicultores y ha intensificado notablemente el comercio de importación y exportación de miel y otros productos, pero al mismo tiempo ha contribuido a la difusión de enfermedades y plagas exóticas de un continente a otro, hasta alcanzar proporciones catastróficas en algunos países.

Por otra parte, la práctica de una agricultura cada vez más intensiva en el uso de agroquímicos y plaguicidas, ha comenzado a conspirar contra la integridad y salud de nuestras abejas.

La producción industrial de abejas reinas es una actividad relativamente reciente dentro de  la historia mundial de la apicultura. No fue sino hasta 1851, cuando Langstroth descubre el principio del «espacio de las abejas» y se adopta la colmena de cuadros móviles en todas sus variantes (Perfección, Dadant y Layens), que se abrieron las puertas para entender el mecanismo reproductivo de las abejas y para aplicar un manejo eficiente de la cámara de cría. Hasta entonces, el apicultor estaba sujeto a las contingencias de la enjambrazón y del reemplazo natural de reinas y era muy poco lo que podía hacer, tanto para multiplicar colmenas, agregar alzas melarias, como para producir realeras y luego fecundar reinas vírgenes en forma independiente.

Los primeros tratados

Debieron transcurrir 32 años, hasta que en 1883 el apicultor estadounidense Henry Alley escribe el primer tratado formal sobre crianza de reinas «The beekeepers` handy book» (El manual de los apicultores). Sin embargo, el verdadero ímpetu se alcanzó seis años después cuando Gilbert M. Doolittle publica en 1889, el texto clásico que definirá las características actuales de nuestra actividad, titulado «Scientific queen rearing» (Cría Científica de Reinas). En este libro, se puso a punto la técnica del injerto, la fabricación artificial de realeras, el aprovechamiento del impulso del reemplazo y la orfandad para un manejo eficiente y práctico de las colmenas iniciadoras, continuadoras y núcleos de fecundación. Aun hoy, es un verdadero placer realizar una lectura de este libro sin desperdicio.

Si bien las primeras abejas europeas (Apis mellifera mellifera) habían llegado a Norteamérica hacia 1622, no fue sino hasta fines del siglo XIX que, con el nuevo conocimiento acerca de crianza de reinas, pudo reemplazarse a la abeja negra por la abeja italiana. En el contexto de esa época, era imprescindible realizar una transición hacia un tipo de abeja más productiva, más prolífica, más dócil, menos enjambradora, pero, sobre todo, capaz de llenar de cría las nuevas colmenas Langstroth, mucho más amplias en volumen que las rústicas utilizadas anteriormente. En Norteamérica hacia 1920, la abeja negra sólo subsistía en colmenas silvestres.

La guerra, impulsora de la cría de reinas

La primera guerra mundial (1914-1918) provocó un quiebre en el comercio internacional de ultramar (las vías marítimas estaban bloqueadas por submarinos alemanes), lo que afectó al normal abastecimiento de azúcar entre las colonias y los países centrales. Esto provocó un crecimiento inusitado de la apicultura como proveedora de un edulcorante alternativo al azúcar de caña.

En el caso particular de Estados Unidos, durante el período de la «Gran Guerra» se impulsó la industrialización de la apicultura a partir de los paquetes de abejas producidos en los estados subtropicales del sudeste (Georgia, Alabama, Louisiana, Mississippi y Florida) abasteciendo de abejas a granel a las regiones de pradera del norte de EE.UU., donde la expansión del melilotus, con ciclos productivos más tardíos que en el sudeste subtropical,  transformó a la producción de miel en una actividad profesional. La producción de abejas a granel fue un decisivo empuje para la crianza masiva de abejas reinas. Ya hacia 1950 unos 80 criadores producían sólo en EE.UU.,  más de dos millones de reinas anuales. 

En la primera mitad del siglo XX, hubo escasos aportes académicos que contribuyeran a la sistematización de la crianza de abejas reinas. Dado que en ese momento de la historia, no había muchos científicos involucrados en los aspectos selectivos del mejoramiento apícola, los principales textos fueron escritos por apicultores prácticos que se tomaron el trabajo de relatar anecdóticamente sus experiencias. Cabe destacar por su excelencia, a los siguientes criadores que fueron marcando etapas decisivas para la consolidación de nuestra actividad: Eugene L. Pratt, Jay Smith, E.C. Bessonet, Louis E. Snelgrove y Perret-Maisonneuve.

Queda claro que la crianza industrial de reinas creció a la vez que la provisión de paquetes de abejas en Norteamérica, de ahí se irradió a otros países del mundo la nueva metodología de reproducción y crianza. Tengamos presente que el primer despacho de paquetes dentro de EE.UU. fue realizado en 1912 desde Alabama.

Como hemos apuntado, hasta el año 1950, hubo pocas innovaciones en cuanto a la técnica de producción de reinas. No obstante, deben resaltarse diferentes logros: el inicio de la inseminación artificial, cuyos primeros intentos se realizaron en 1923 gracias al esfuerzo del Dr. Lloyd Watson; la producción de abejas híbridas realizada por el Dr. Gladstone Hume Cale imitando métodos de mejoramiento basados en la selección de especies vegetales que condujo a la aparición de las abejas Starline y Midnite; y, finalmente la selección de abejas con comportamiento higiénicos y orientadas a la polinización de cultivos específicos trabajo pionero del Dr. Walter Rothenbuhler en la Universidad de Ohio.

Antibióticos y sulfas

La Segunda Guerra Mundial (1941-1945), al igual que ocurrió con la Primera, provocó un segundo gran impulso al desarrollo de la apicultura mundial, ya no sólo como proveedora de miel ante el nuevo racionamiento del azúcar, sino como fuente de cera para la industria armamentista. Otro avance de gran influencia en esta época, fue el comienzo del uso de antibióticos, tanto para la salud humana como para la salud animal. Las sulfas, que formaban parte del botiquín de primeros auxilios de los soldados en el frente de combate, fueron utilizadas con éxito por primera vez en EE.UU. por el Dr. Leonard Haseman (Universidad de Missouri) en 1942, para combatir una enfermedad de la cría ya descripta por Aristóteles, me refiero a la loque americana. Seguidamente hace su aparición la oxitetraciclina (1948) y finalmente la fumagilina (1954). Este arsenal terapéutico causó una revolución que facilitó la supervivencia y propagación de colmenas nunca antes vista en la historia.

Hoy el uso de antibióticos está severamente cuestionado como método preventivo, pero tengamos en cuenta que hace 60 años el tema de residuos en miel no era una prioridad. Era sí imperativo mantener vivas las colmenas bajo cualquier circunstancia. Otro factor que contribuyó, fue la utilización de jarabes de maíz de alta fructosa a partir a partir de 1975, lo cual permitió al productor apícola incentivar el desarrollo de sus colmenas independizándose de variables climáticas azarosas que influían en la producción natural de néctar. A esto se sumó la disponibilidad de varios sustitutos proteicos basados en harina de soja desgrasada y levadura de cerveza inactivada, que subsanaron la escasez temporaria de polen natural.

La apicultura, que hasta entonces era sinónimo de producción de miel, se industrializó y se mecanizó a partir de mediados del siglo XX para asegurar la polinización de cultivos y para suministrar otros subproductos como polen, jalea real, apitoxina y propóleos. Surge así la paletización y el uso de autoelevadores para la optimización del transporte a larga distancia. La migración del campo a las ciudades provocó una cierta decadencia de la apicultura a partir de 1960 en los países centrales. La expansión de la agricultura intensiva, el uso de plaguicidas letales para las abejas y, el aumento en los costos de mano de obra, incentivaron una «tercerización» de la apicultura hacia  los países periféricos del «tercer mundo» que a partir de entonces, comenzaron a suplir el déficit de miel en el hemisferio norte.

Esto impacta en países sin tradición apícola hasta entonces. Hacia 1950 Argentina, México, Australia y China hacen su aparición en los mercados mundiales como importantes productores y exportadores de miel. Hacia 1959, la difusión del ácaro varroa desde el este de la entonces Unión Soviética hacia Occidente puso fin a la era dorada de la apicultura. Ser un apicultor exitoso, empezó a significar ser eficaz manteniendo bajos niveles de infestación de Varroa.

Abejas resistentes a enfermedades

Entre mediados de 1970 y principios de 1980, el ácaro varroa comenzó a realizar estragos y cambió por completo nuestra forma de ser apicultores. La crianza de reinas tuvo como objeto, ya no sólo suministrar abejas reinas jóvenes y productivas, sino también proveer abejas genéticamente mejoradas con grados de resistencia y tolerancia a enfermedades. El criador debió empezar a ser también un genetista, tratando de propagar abejas con características deseables de productividad y resistencia a enfermedades. A fines de 1989, la aparición de las primeras cepas de loque americana con resistencia a la oxitetraciclina, desempolvaron los hallazgos del Dr. Rothenbuhler y reflotaron la importancia de seleccionar abejas con rasgos de comportamiento higiénico, básicamente desopercular y remover (extraer) pupas enfermas en no más de 48 horas.

En abril del año 2000 varroa hizo su aparición en Nueva Zelanda y recientemente (el 6 de abril de 2007) fue detectada en Hawaii, lugar perdido en medio del Océano Pacífico que es hoy ubicación de tres grandes criadores que exportan miles de reinas a todo el mundo. Hoy día el único territorio en el mundo, que por ahora continúa libre de Varroa está representado por Australia, país que en octubre de 2002 vio vulnerado su sistema de cuarentena sanitaria al determinarse la presencia de Aethina tumida (pequeño escarabajo de la colmena), nueva plaga que amenaza extenderse por el mundo apícola.

Durante el año 2001, el investigador australiano Denis Anderson transformó nuestra perspectiva de varroa, al informarnos que la subespecie jacobsoni no era parásita de las abejas europeas, mientras que la subespecie destructor en sus dos variantes haplotípicas (Koreana y Japonesa) eran las que realmente vulneraban la salud de nuestros apiarios. Este hallazgo puso blanco sobre negro, el nuevo enfoque de las patologías apícola vistas ahora bajo la luz de la técnica de PCR (reacción en cadena de polimerasa). De ahora en más, no podríamos hablar más de la «loque americana» sino de 5 haplotipos bien diferenciados de la bacteria Paenibacillus larvae, tampoco podríamos haber sospechado, que la técnica de PCR nos explicaría que la tradicional Nosema apis Zander, era una enfermedad distinta de la Nosema ceranae que afecta a las abejas asiáticas.

LA SEGUNDA PARTE DE ESTA NOTA SERA PUBLICADA EN EL BOLETIN TECNICO Nº 9


Martin Braunstein

Martín Braunstein
Representante de la SRA (Sociedad Rural Argentina) ante el «Consejo Nacional Apícola» (SAGPyA) y ante la «Comisión Nacional de Sanidad Apícola» (SENASA)