Boletín Nº 1 - Septiembre 2006

AÑO 2006: 30 Años de Varroa en Argentina
y 50 Años de Africanización en Sudamérica


BOletin Cabañas Malka

En 1976, el ácaro varroa (desde el año 2000 rebautizado como Varroa destructor) se detectó por primera vez en la República Argentina, dentro de la provincia de Formosa, próximo a la frontera con el Paraguay, donde esta plaga exótica habría ingresado desde Japón en 1968. El tiempo transcurrido amerita un análisis respecto adonde estábamos, donde nos encontramos ahora y la situación futura posible que nos aguarda. Vale la pena recordar que el Paraguay, además ha sido en forma constante la puerta de entrada de varias plagas que han amenazado el estatus sanitario vegetal y animal del continente americano. Dos ejemplos.

El gorgojo o picudo del algodón y la roya de la soja. Por lo tanto, no es posible desconocer la falta de controles en frontera y aduana que ocurren entre el Paraguay y la Argentina, y que dan lugar a un descontrol sanitario muy peligroso para toda la región. Ya en 1978 hubo hallazgos de varroa en la provincia de Buenos Aires, donde hoy existen más de 1.800.000 colmenas, de un total de 4 millones que tiene nuestro país.

Recuerdo con simpatía, una anécdota relatada por el Dr. César E. Tapia, quien en ese momento se desempeñaba como técnico apícola, en el Ministerio de Asuntos Agrarios Bonaerense, cuando me relató las hipótesis disparatadas que entonces se manejaban, alrededor de la aparición de abejas sin alas, una de las cuales era una posible «mutación genética», que daba origen a estas abejas enanas y deformes. Pasaron muchos años, hasta que nos enteramos que la ausencia de alas, era a causa del «virus del ala deformada», uno de cuyos vectores ideales era justamente el proceso parasitario ejecutado por el varroa.

Una generación completa de apicultores argentinos, nos hemos formado como profesionales considerando al varroa, como si siempre hubiera formado parte del ecosistema que denominamos colmena. Hasta me animaría a decir que el varroa, (después de los ya clásicos reina, obrera y zángano) bien podría ser considerado hoy como un inexorable 4º individuo de nuestras colmenas. Esta convivencia no deseada pero inevitable, nos ha hecho mejores apicultores sin duda.

Cada vez son menos, los apicultores sobrevivientes de la «época dorada» de la apicultura sin varroa previa a 1976. Cuando un productor apícola ya entrado en años, nos relata el entorno en el cual, su máxima preocupación sanitaria podía ser un brote de loque europea o nosemosis, no podemos menos que mirar con asombro, las circunstancias adversas que hoy asumimos con tanta naturalidad, en las que aplicar uno, dos o tres tratamientos acaricidas anuales para mantener a raya a este enemigo, es algo ya de rutina habitual. Como criador de reinas, no estoy resignado a una aplicación permanente de acaricidas. Sin embargo, la práctica de una apicultura profesional, productiva y rentable debe estar sustentada en abejas europeas, para las cuales el varroa, sigue siendo un parásito exótico hoy en 2006 como hace 30 años. No obstante soy optimista, creo que tarde o temprano, una combinación de mejoramiento genético sumado a tratamientos integrados, permitirán una coexistencia más armoniosa que la que tenemos hoy con este parásito. Lejos está, nuestra exigua y diminuta industria apícola a nivel mundial, de despertar el interés comercial de los grandes laboratorios farmacéuticos multinacionales, para continuar invirtiendo en la costosísima investigación y desarrollo, que son imprescindibles para obtener nuevos principios activos.

Verdaderamente, los apicultores tampoco hemos contribuido a despertar ese interés. Sin prisa y sin pausa, hemos saboteado estas iniciativas, recurriendo en forma injustificable a remedios artesanales, basados en drogas utilizadas para combatir ácaros en especies animales mayores y en vegetales. Somos responsables de la actual falta de alternativas farmacéuticas (vale la pena releer mi nota «El Curanderismo en La Apicultura», publicada en 1992 en pleno apogeo del uso indiscriminado del fluvalinato) Desde 1992, la sistemática aparición de varroas resistentes en Italia, a los piretroides (flumetrina y fluvalinato), al Amitraz y al Cumafos, me hizo pensar que este país europeo era un espejo, en el cual podíamos ver con 5 o 6 años de anticipación, lo que finalmente ocurriría en otras latitudes. La actual situación de Argentina no deja de ser preocupante.



El uso continuo y masivo del Cumafos desde 1996/1997 creo que ya está llegando a su fin y con esto, nos aproximamos a un peligroso punto de no retorno en la apicultura tal cual la hemos conocido hasta ahora. No quedan muchas alternativas farmacológicas disponibles. Un sondeo acerca de las nuevas generaciones de acaricidas, pone en evidencia que el énfasis científico está puesto en moléculas que interfieren con la formación de quitina de los ácaros. No se me ocurre una forma en que estos nuevos acaricidas, puedan ser utilizados en forma segura, sin provocar daños en la constitución del exoesqueleto de las abejas. Menos aún podemos sospechar el potencial contaminante para los productos de la colmena. Muchos son los esfuerzos que la comunidad científica ha emprendido, para encontrar alternativas terapéuticas válidas, que sean a la vez eficaces y no contaminantes. Parte de esto, nos ha conducido al concepto de «Control Integrado de Plagas», que suena muy pomposo, pero es difícil de implementar en las condiciones en que se desarrolla la apicultura profesional, que involucra la administración de muchos apiarios distantes unos de otros.

El timol y algunos aceites esenciales, presentan un panorama más prometedor que el ácido oxálico y el ácido fórmico. No menos importante, es el menor riesgo de manipuleo en las dos primeras alternativas. Sin embargo, da la impresión que ninguno de estos productos por sí solo, será capaz de producir un control con una eficacia superior al 95%, necesario para vivir tranquilo respecto al varroa. Otra vertiente de investigación, se ha orientado hacia la selección de abejas con comportamientos de tolerancia y/o de resistencia. Tanto en los EE.UU. como en Europa, luego de transcurridos casi 20 años de investigación científica, aun no se ha podido revelar una solución por esta vía. Como si ya no hubiéramos sufrido suficientes desgracias, con la lamentable introducción de las abejas africanas en Brasil durante 1956, los investigadores menos serios, que justamente son los que más ignoran la realidad que cotidianamente debe enfrentar el apicultor profesional, se animan sin ningún tapujo, a recomendar la adopción de este tipo de abejas, basándose en la presunción errónea de que tienen algún tipo de resistencia hacia el varroa. Los eventos desastrosos para la apicultura que ocurrieron a partir de 1956, claramente han demostrado que las abejas africanizadas no son más resistentes al varroa que cualquier otra abeja europea.

Si la solución al problema de este ácaro, fuera propagar material genético africanizado combinado con alguna raza europea, ya habría numerosos criadores que serían millonarios. Lamentablemente, no encontramos nada valioso a seleccionar ni en la abeja africana ni tampoco en sus híbridos. ¿Cómo entonces puede explicarse la paradójica preferencia de algunos técnicos hacia ellas? Equivocadamente se ha asumido que estas abejas presentan un grado de tolerancia o resistencia. De acuerdo a nuestra experiencia, esto no es verdad. Lo que sí es cierto, es que su excesiva tendencia a la enjambrazón y su comportamiento de abandono, les permite dejar atrás a su colmena original, con altos de niveles de infestación por varroa en cría operculada. Por lo tanto, la aparición de cada nuevo enjambre implica una medida profiláctica, ya que la nueva colonia se inicia sobre la base de una población inicial con bajo nivel de ácaros, que logra sobrevivir hasta la próxima enjambrazón. Si bien las abejas africanizadas fueron encontradas en la provincia de Misiones en 1968, su expansión en estos 38 años, se vio limitada a las zonas subtropicales de Argentina, que presentan una clara diferencia entre una estación seca y una estación lluviosa.

La mayoría de los intentos, deliberados o accidentales, de introducir abejas africanizadas en regiones de pradera con cuatro estaciones bien definidas, no han sido por suerte exitosos. Esto atrajo la atención del Dr. Alfred Dietz (Profesor Emérito – Universidad de Georgia – EE.UU.), quien a partir de 1983 visitó nuestro país en tres oportunidades, y predijo la posible expansión de estas abejas en las regiones templadas de EE.UU., basándose en comparaciones con zonas equivalentes de Argentina. La notable predominancia de poblaciones europeas de abejas en Argentina, me hace pensar que nuestro país con sus 4 millones de colmenas, pero en particular la provincia de Buenos Aires con el 45% de ese total, que representa nada menos que 1.8 millones de colmenas, es la principal reserva genética de abejas europeas del hemisferio sur. Si nos comparamos con las 600 mil colmenas que existen en Australia y Chile o con las 280 mil que hay en Nueva Zelandia, nos damos cuenta de la importancia de nuestro rodeo apícola a nivel mundial.

El reciente relevamiento genético efectuado durante 2005 por la provincia de Buenos Aires, mediante la caracterización molecular por PCR ha puesto blanco sobre negro, la verdadera magnitud de la europeización de los colmenares bonaerenses. Una asignatura pendiente para nuestra provincia, es la caracterización molecular de las poblaciones del ácaro varroa, que nos permita identificar la relevancia y pertenencia a los dos haplotipos existentes, ya sea el Koreano o el Japonés.

Martin Braunstein

Martín Braunstein
Representante de la SRA (Sociedad Rural Argentina) ante el «Consejo Nacional Apícola» (SAGPyA) y ante la «Comisión Nacional de Sanidad Apícola» (SENASA)